Emigrar es una batalla. Emigrar con hijos pequeños es otra muy distinta, y con hijos con discapacidad, ni te cuento. Pero emigrar con adolescentes está increíblemente infravalorado, y créeme: merece mucha más atención de la que generalmente le damos.
Hoy te cuento esta parte de la historia desde mis ojos, porque es la parte que yo conozco bien.
Cuando decidimos irnos de Argentina, mi marido y yo teníamos más de 50 años y tres hijos: uno de 23, uno de 16 y uno de 12. El mayor ya había hecho su vida: se fue de casa durante la pandemia porque, como todo chico sano de 23 años, quería simplemente poder salir a la calle. El problema era nuestra hija menor, que es cardiópata, y en ese momento llevar una vida normal no parecía el mejor plan. Aunque lo era.
¿Los chicos saben lo que les conviene?
Esta pregunta me la planteó la psicóloga de mi hijo de 16. Ella me sugería que tenía que escucharlo más, que para él el tema de emigrar era una carga demasiado pesada, y que irse a otro país no es ningún paraíso. Ella había emigrado antes y tenía una perspectiva que yo, en ese momento, no podía ver. Hoy, con el diario del lunes, te digo: tuvo razón.
Antes de viajar: la señal que no escuché
Meses antes de emigrar, mi hijo me pidió viajar conmigo a España para conocer el lugar. Te conté más o menos cómo fue ese proceso en esta entrada: emigrar o no emigrar.
Yo no quise, no por no querer, sino porque implicaba el doble de todo: doble pasaje, doble habitación, doble gasto. Además, él estaba terminando la secundaria, e interrumpirla por un proyecto cuyo resultado todavía no conocíamos no me parecía una buena idea. Hoy lo pienso diferente.
Los reclamos: primero el mayor, después el del medio
Los primeros reclamos vinieron de nuestro hijo mayor. Él no quería irse, de hecho terminó volviendo a Argentina, y nos decía que estábamos locos, que no lo habíamos pensado bien.
A esos reclamos se sumaron los de nuestro hijo adolescente. Sus argumentos eran distintos pero igual de válidos: él no quería irse porque ese momento de su vida, irse a otro país siempre es una mala idea.
Lo que no consideramos (y debimos haber considerado)
Cometimos un error garrafal que veo repetirse en muchas familias que emigran: escuchar más a amigos y conocidos que a quienes realmente sabían. La única que me dijo, con otras palabras, que estaba equivocada fue Susana, la psicóloga de mi hijo.
Las frases que más escuché y que hoy me generan ruido fueron cosas como: "los adolescentes son egoístas a esa edad", "su mundo es más chiquito", "no entienden ahora pero lo van a agradecer". Palabras que, en el fondo, nos servían para no escucharlos de verdad.
Ya en España: cuando los reclamos se volvieron palabras
Mi hijo llegó a España seis meses después que yo. Fue ahí cuando los reclamos se volvieron concretos, claros, sin filtro. Por primera vez pudo decir con todas las letras lo que sentía: se sentía infeliz, sentía que le habíamos cortado todos sus sueños.
Yo sentía exactamente lo contrario: que era un mal necesario para que él tuviera un futuro mejor.
Hoy, tres años después, sigo pensando algo parecido. Pero con muchos más matices.
Cómo lo veo hoy
Mi hijo cumplió los 17, los 18 y los 19 en España. A sus 20 ya estaba de vuelta en Argentina. Terminó la secundaria en un nivel bastante por debajo del que traía de Buenos Aires, le costó hacer amigos, pero también viajó, trabajó un tiempo en Italia y volvió a visitar Argentina.
La primera vez fue por pocos días. La segunda vez fue para "quedarse".
Qué encontró cuando volvió para quedarse
Volvió con la idea de pasar al menos seis meses allá, y se chocó de frente con la realidad: conseguir trabajo a los 20 años en Argentina no es tan fácil como en España. Los sueldos no alcanzan, la inseguridad es mayor, la incertidumbre también. Y sus amigos, lógicamente, estaban viviendo su propia vida, como hace todo el mundo. La realidad que él recordaba había cambiado.
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Moraleja: ¿los chicos saben?
Yo creo que sí saben. Y que esto de "no tienen las herramientas para decidir" en muchos casos es una forma de no escucharlos. Porque es su vida la que estás modificando.
¿Fue buena o mala decisión? Honestamente, no lo sé. No tengo la bola de cristal, no sé qué nos depara el futuro, ni siquiera sé con certeza si fue lo mejor para mí. Menos voy a saberlo para otros.
Lo que sí sé es que ese movimiento tan grande le abrió la mente de una manera que nada ni nadie más podría haberlo hecho. Hoy sabe que no hay una sola frontera. Que puede salir al mundo, literalmente. Que tiene las herramientas para hacerlo. Y que no tiene que quedarse con el "¿qué hubiera pasado si...?"
¿Y vos? ¿Cómo lo hubieras encarado? ¿Tenés una historia parecida? Te leo en los comentarios, dentro del marco del respeto.
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